Al regreso del receso bimestral, no encontré mucha diferencia a lo que había dejado hace ya 2 semanas. Los ambientes del albergue seguían siendo los mismos, los rompecabezas eran los que ya habíamos completado y ya me sabía de memoria. Pero algo había cambiado en la sensación de ir, donde me di cuenta que era lo que faltaba: los albergados.
El albergue se veía ciertamente vacío, como si hubiera sobrevivido un secuestro que dejó tan sólo 4 ancianos. Rosita, el señor Camacho y dos señoras cuyo nombre no conosco, se encontraban en el patio central, y me gustaría decir que nos estaban esperando, pero talvez fue una coincidencia habernos encontrado, pues el rostro de sorpresa que pusieron hizo un poco obvio sus sensaciones.
Realmente fue muy confuso pensar en lo que había pasado. Mi mente se oponía y batallaba para imponer sus posibles argumentos. De un lado, el pesimismo me decía que nuestra rutina nos había hundido y los abuelitos, más que agradecidos, estaban decepcionados de nuestra nula creatividad, por lo que preferían quedarse dormidos y dejan correr el tiempo lentamente como todos los días. Sin embargo, había otra parte en mí que mantenía la esperanza ya que, al no haber ido la semana pasada, los albergados no sabían que los íbamos a visitar.
Camino de regreso al colegio, me sentí contento. Ví los mismos ambientes de siempre, y los rompecabezas que ya sabía de memoria. Los albergados finalmente denegaron mis hipótesis, pues me olvidé de un factor importante: nuestra fría ciudad.
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