miércoles, 26 de mayo de 2010

Cas 8 (26/5/10): No quiero comer, Mami.

Hoy siento un poco más de calor humano que la semana pasada, pero el recuerdo que ha dejado la cantidad de albergados que comúnmente teníamos es aún más fuerte. No nos dábamos a basto para poder cubrir las necesidades de diversión de todos los ancianos.

Quisiera poder decir que me siento reconfortado de esta libertad ante la persistente ausencia de albergados, pero la verdad es que me mortifica. Lo único que me hacía sentir útil realmente para mi entorno externo, aquél con el cual nunca he tenido contacto hasta el inicio de esta experiencia.
Me dí cuenta desde ese día cuanto me necesita mi ciudad, como con una simple sonrisa puedo generar el cambio de actitud que esta sociedad pide a gritos. Me siento en una banca resignado a esperar a que pasen las horas, pues todos los ancianos presentes ya tienen a alguien con quien poder ser felices.

¿Es una lección? Yo no creo en las señales divinas, dudo mucho que algún ser divino halla sentido la necesidad de hacerme entender por la fuerza aquella frase celebre que mi mamá me repetía cada vez que no quería comer "¿Vez esto? ¿Cómo no lo vas a querer? Vamos, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde." Hoy no estoy seguro que sea verdad, pero sé que no puede repetirse esto, por el bien de mi equilibrio mental.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Cas 7 (19/5/10): Perspectivas en Hibernación

Al regreso del receso bimestral, no encontré mucha diferencia a lo que había dejado hace ya 2 semanas. Los ambientes del albergue seguían siendo los mismos, los rompecabezas eran los que ya habíamos completado y ya me sabía de memoria. Pero algo había cambiado en la sensación de ir, donde me di cuenta que era lo que faltaba: los albergados.

El albergue se veía ciertamente vacío, como si hubiera sobrevivido un secuestro que dejó tan sólo 4 ancianos. Rosita, el señor Camacho y dos señoras cuyo nombre no conosco, se encontraban en el patio central, y me gustaría decir que nos estaban esperando, pero talvez fue una coincidencia habernos encontrado, pues el rostro de sorpresa que pusieron hizo un poco obvio sus sensaciones.

Realmente fue muy confuso pensar en lo que había pasado. Mi mente se oponía y batallaba para imponer sus posibles argumentos. De un lado, el pesimismo me decía que nuestra rutina nos había hundido y los abuelitos, más que agradecidos, estaban decepcionados de nuestra nula creatividad, por lo que preferían quedarse dormidos y dejan correr el tiempo lentamente como todos los días. Sin embargo, había otra parte en mí que mantenía la esperanza ya que, al no haber ido la semana pasada, los albergados no sabían que los íbamos a visitar.

Camino de regreso al colegio, me sentí contento. Ví los mismos ambientes de siempre, y los rompecabezas que ya sabía de memoria. Los albergados finalmente denegaron mis hipótesis, pues me olvidé de un factor importante: nuestra fría ciudad.