Hoy pasé el día con uno de los albergados más carismáticos del Maria Aráoz. Todos lo conocemos como El Capi pero nadie está seguro cuál es su nombre real, y la verdad tampoco hemos querido preguntar pues quedarse tan solo con su apodo, por un parte, mantiene la imagen de ternura que tenemos de este señor que parece un gran niño en una silla de ruedas, esperando a ser atendido por alguien más.
Además, al no saber su nombre es casi una leyenda la que se crea alrededor de este hombre. Hoy, conocidos del albergado me comentaron que en su juventud fue parte de la armada nacional (de ahí el origen de su apelativo) y que sufrió un accidente un poco mayor. Es por ello que no mueve más que la cabeza y los brazos, y no es capaz de formular palabra. El saludo que realiza al ingresar a un lugar, tal cual lo hace un capitán a sus cadetes de la armada, es con el brazo alzado y todos le responden el saludo de la misma manera, en una manera de tributo a este hombre que alegra los días aquí en el albergue, con su cálida sonrisa que muestra su alma de niño.
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